Rosa azul

Rosa azul

viernes, 19 de junio de 2015

A cien kilómetros






Cuando menos te lo esperas, te sorprenden.

Suelo conducir bastante; y he de reconocer que me encanta hacerlo. Y también he de reconocer que me encanta perderme mientras lo hago. Lo único que necesito, es que el depósito de combustible esté lo suficientemente lleno como para llegar a alguna parte que guarde algún recuerdo (y que cuente con una gasolinera, claro).

Hoy amanecí, feliz, a cien kilómetros de aquí.
Mientras volvía hacia mi rutina, en la carretera, una montaña con un tamaño ya importante rodeaba el camino; y como pasa siempre, no existe montaña que impida un camino, y desde lejos observé cómo un túnel abría el paso.




Todos los túneles tienen un secreto, y cuando menos te lo esperas, te sorprenden.
Este guardaba al otro lado una vista espectacular. Allá abajo, iluminado aún con las primeras luces del día, se extendían kilómetros y kilómetros de terreno llano, verde, rojo, marrón y aún amarillo hasta donde se perdía la vista; salpicado por todos los pueblos de la Comarca y desafiante ante el nuevo Sol.

Y recordé aquel otro túnel, mucho más pequeño, que guardaba al otro lado ese Valle Escondido.

Y recordé todos los túneles que había cruzado, y como, cada uno de ellos, te sorprende.

Conduces sin parar; caminas contínuamente, observando lo que vas dejando atrás; unas veces, ni siquiera miras el retrovisor; otras, vas buscando desesperadamente un cambio de sentido, porque piensas que te has pasado tu salida.
De vez en cuando, paras un rato... un café, una comida, unas vacaciones de quince días o quizás dejas todos tus bártulos pensando que esa parada es para siempre, cuando nunca lo es.




Y también de vez en cuando, te encuentras con un túnel. Los túneles son apasionantes; parecen oscuros, y algunos lo son, aunque muchos de ellos ya tengan luz propia.
Hay túneles en los que ya antes de entrar en ellos, puedes ver la luz de la salida... a mí son los que menos me gustan, no vale la pena ni entrar.
Otros te ofrecen seguridad, aunque no veas la salida; llenos de señales en la entrada, de avisos de límites de velocidad, de controles de radar, de semáforos, de flechas indicando el camino, de múltiples carriles...
Otros, ínfimos, oscuros, tallados en piedra sin revestimiento alguno, necesitan un grado de valor elevado tan sólo para asomarse...

Pero todos los túneles, cuando menos te lo esperas, te sorprenden.

Por eso me encanta conducir... y a lo mejor es por eso por lo que me encanta perderme entre lugares que guardan esos recuerdos que, algún día, serán míos.

Y volver a amanecer, feliz, sorprendido, a cien kilómetros de aquí.




1 comentario:

In progress dijo...

Ojo con las curvas, suelen provocar perder el control... hasta los túneles las tienen.