Rosa azul

Rosa azul

martes, 21 de diciembre de 2010

Un buchito de café



La escuela estaba situada en la plaza del pueblo. Un conjunto de casas la rodeaban: la iglesia, la casa del cura, la de la maestra, la del maestro, la tienda de Marianito y la de Ramoncita.
Las niñas acudíamos, como es lógico en aquellos tiempos, a la de la maestra. Convivíamos todos los hijos de los maestros con los niños del pueblo. Fue una infancia feliz. Hoy diríamos ecológica por todos los detalles que en ella transcurrieron.
Al salir de clase, corríamos a cuidad las vacas que pacían sueltas en el campo. La merienda, una pella de gofio y un  trozo de queso (conduto).
Los trozos de los platos de loza que se habían roto, los reuníamos para hacer la vajilla en aquellas casitas que con piedras delimitábamos las habitaciones pasando de una a otra por sus puestas, espacios vacíos adornados con plantitas. De vez en cuando, aprovechábamos para ir a buscar nidos de huevos de gallinas. Al estar sueltas ponían sus huevos escondidos entre las tuneras y aparecían de tarde en tarde, con una gran alegría por nuestra parte, la clueca con sus pollitos. Si teníamos la suerte de encontrar los huevos, volvíamos con las faldas llenas de este tesoro, que en aquellos tiempos de escasez eran bien recibidos.
En verano, cuando el pasto estaba seco, con las hojas de las piteras, después de limpiarlas de púas, nos montábamos en ellas y desde la parte más alta de las laderas nos deslizábamos a toda velocidad hasta llegar al final, dándonos algún mamporro.






Otra diversión, parece algo macabro, era ir a los entierros, más propiamente a los duelos. Se velaba al muerto en las casas. Como éstas estaban muy distantes unas de otras, la gente llegaba poco a poco. El muerto en su caja, bien vestido con su mejor terno si era hombre, y su mejor ropa si era mujer, ocupando la sala principal. El rostro tapado con un pañuelo, es en este detalle donde me paro a explicar lo que se les ocurría a los niños que allí íbamos. Siempre había un valiente que a escondidas se acercaba al muerto y le destapaba la cara, los demás corríamos atemorizados y causábamos la risa de los atrevidos. Como era costrumbre llevar una tableta de chocolate a los doloridos, se la ponían debajo de la almohada de la casa donde descansaban. En la cocina se hacçia el chocolate y caldo de gallina (aquellos olores). También los chiquillos alcanzábamos de aquellos manjares. Muchos de nosotros tuvimos que llevar el luto que se imponía en aquellos días. Los vestidos teñidos con el tinte que se hervía en grandes calderos y se aprovechaba hasta el máximo. Fue en uno de esos calderos que en mi casa se enfriaba el tinte para guardarlo donde ocurrió algo muy gracioso. La cocina estaba fuera de la casa. En el suelo el tinte tapado en su recipiente. Los pollos sueltos en el huerto, entró un pollo y se subió en la tapa del caldero, se cae dentro, parecía ahogado, pero el niño de la casa, mi hermano, lo sacó y le hizo la respiración “boca a pico” y vivió toda su vida teñido de negro. El pollo se llamó Churchill.
Maravillosas fueron las vacaciones de verano en que nos dedicábamos a hacer representaciones teatrales. Musicales del estilo de Celia Gámez, corridos mejicanos, obras de teatro: Sangre gorda, El embargo…
Las canciones las ensayábamos una y otra vez con el acompañamiento de bandurria, laúd y guitarra. Los “tocadores”, a su vez,  las aprendían de oído. La vedette cantaba sola, las demás niñas hacíamos en coro, todo esto bailando, tomando el té o regando las flores. El vestuario se hacía de cortinas, retales y de cualquier cosa que se pudiera aprovechar. Fue todo un éxito, tanto que venían de otros pueblos a vernos.





En carnavales nos difrazábamos con una sábana atada al cuello y una careta. En la mano un cesto y así recorríamos las casas, de una en una, pidiendo huevos para las tortillas que eran típicas de aquellas fiestas. Cada vecino tenía una bandeja con estas tortillas e invitaban al que llegaba. El olor de la canela y el azúcar todavía permanece en mi memoria.
Los domingos de verano, aparte de ir a misa y al catecismo, salíamos a pasear por los barrios del pueblo: El Corcobado, El Mazapé… La maestra, con sus hijos, era bien recibida en todos ellos. Algunas casas eran cuevas muy fresquitas en verano y abrigaditas en invierno. En el patio, la dueña de la casa plantaba una cesta de carga, llena de tunos que iba pelando y ofreciéndolos poco a poco, con la advertencia de no comer muchos pues nos podíamos “tupir” y al final el buchito de café.
El acontecimiento más importante fue el día que Marianito lanzó los voladores anunciando que la guerra civil había terminado. El pueblo se puso en fiesta. Como es lógico allí nos llegó la noticia con algo de retraso pues las comunicaciones eran el bucio y el vecino que venía de la ciudad.
Todas estas pequeñeces tan sencillas formaron parte de mi vida transcurrida en un pueblo donde no había luz eléctrica, ni agua corriente, ni médico, donde al amanecer caminábamos a la luz de un farol para llegar a coger el coche de hora, después de haberse aseado y cambiado las alpargatas, las cuales se dejaban escondidas para el regreso, por los zapatos.


Solange Sánchez Pérez
La Laguna (Tenerife)

Tercer Premio Redacción XVIII Edición Premios Ansina
Periódico “El día” Tenerife, 18 de diciembre de 2010





4 comentarios:

KангеЛ dijo...

Sabes?
Me caes bien...

Te mataré la última.

lauviah dijo...

Me has quitado el comentario del teclado , lo sepas.


Y la historia aunque algunos años mas lejos , me
ha trasladado a la casa de mi abuela, alla en esa laguna, donde se tejieron todos mis sueños.

sabes? alli vi por primera vez a la santa teresita y para mi fue como la nieve , algo que no tenia nombre.

un buchito de cafe??,,

KангеЛ dijo...

Un buchito de café, como colofón a esas garbanzas que quedaron pendientes en la taskita, después de caminar por caminar, entre adornos suspendidos en la calle y botas sin tacón...

lauviah dijo...

Gracias siempre,,, mas que por todos y cada uno de los buchitos de café ( con acento) ,,por el saperocho mas ironico que me ha dado la vida ( de momento).